Hace ya varios años -muchos-, la dottora Simonetta Carta me dijo, mientras una pequeña luz bailaba en el fondo de sus ojos, que la serenidad era el centro de su búsqueda vital.

Hoy sé que, además de haber conquistado la calma, ha hallado en la senda de su pausado caminar otros tesoros que siempre habitaron en su ser.

Tal vez uno de los más raros, escasos y preciosos es, no ya su enorme voluntad, sino su capacidad, su tranquilo poder para, desde una presencia leve y firme, hacer que otros encuentren su propia habilidad para vivir mejor, para que humanos como yo despierten a sí mismos.
El gesto preciso, consciente, la mirada clara, profunda, y… la pregunta necesaria son solo algunas de sus herramientas.